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Seita muere de inanición el
21 de setiembre de 1945, ya terminada la Segunda Guerra
Mundial, en una estación de trenes japonesa ante
la indiferencia de la gente, que no atina a hacer nada.
Más tarde, los empleados de limpieza del lugar
lo recogen y tratan como a un vil perro muerto, y toman
de entre sus ropas una pequeña lata de caramelos
que luego arrojan al jardín. De ella salen los
recuerdos y el espíritu de Seita y su hermanita
Setsuko para recorrer la trágica historia que
los llevó a una muerte tan prematura e inmerecida.
Seita y su hermana vivían con su madre. El padre,
oficial de la marina japonesa, luchaba junto a la flota
del sol naciente contra los aliados. En uno de los tantos
ataques con bombas incendiarias, Seita y Setsuko se
separan de su madre. Ésta es alcanzada por las
llamas y queda totalmente quemada. Al enterarse de lo
ocurrido, Seita se lo oculta a su hermana, y poco después
la madre expira. Completamente solos, los chicos buscan
alojamiento en la casa de una tía que los acoge,
aunque Seita tampoco no le dice nada de su madre. En
una de tantas, Seita confiesa su pena a la señora,
pero le pide no decirle nada a su hermana. La escasez
de alimentos debido a la guerra es muy grave, por lo
que Seita empieza a vender las cosas de su progenitora
para ayudar con la comida. Su tía se alegra por
ello y utiliza la comida que los chicos habían
ocultado, pero da de comer más y mejor a su propia
familia antes que a ellos. Estas ventas forzadas sólo
alargan la carestía, y por último todas
las pertenencias de Seita se agotan. Esto aumenta la
tensión entre la señora y los niños,
sobre todo por que Seita no hace absolutamente nada
por conseguir un trabajo y ayudar así a conseguir
comida. Setsuko llora de noche recordando a su madre.
La situación se vuelve insostenible cuando la
niña le reclama a la tía por estar comiendo
lo que se supone es comida de ellos. Seita tiene luego
que preparar él mismo sus alimentos, pero, cansados
del acoso de la tía, los dos deciden irse de
la casa con lo poco que tienen. Todos los momentos pasados
son revividos por el espíritu de Seita, quien
recuerda y vuelve a sufrir aquellos vejámenes.
Una vez fuera de la casa, ambos se instalan en un refugio
para bombardeos abandonado en las afueras de la ciudad
y tratan de sobrevivir, tarea cada vez más difícil
pues no cuentan con dinero para comprar alimentos. En
un principio, Seita los consigue comprándolos
de los agricultores aledaños, pero en un momento
éstos se niegan a venderle más pues ya
no les alcanzan ni para ellos mismos.
Una noche, los hermanos capturan muchas luciérnagas
en una olla e iluminan su soledad con sus pequeñas
luces, que recorren las paredes del refugio. Seita habla
de las glorias de su padre en la marina y Setsuko se
duerme. Solo y en silencio, Seita reflexiona pensando
por qué su padre nunca le respondió las
cartas que él le enviara y en las cuales le narraba
su situación. Los dos hermanos organizan lo poco
que tienen para tratar de hacer que dure lo más
posible. Pero Setsuko enferma, víctima de la
desnutrición, y su ánimo decae cada vez
más. Seita se entera de boca de su hermana que
ya sabía de la muerte de su madre pues su tía
se lo había contado. La pequeña prepara
una tumba para las luciérnagas y Seita le promete
que algún día la llevará al lugar
en que descansa su madre; otra mentira, pues él
guarda la caja con algo de las cenizas del inmenso crematorio
público donde fue echado el cadáver. Con
la guerra en su punto mas álgido y su hermana
con diarreas constantes, la situación toca un
punto en que a Seita no le queda otra que robar comida
para sobrevivir y sobre todo para alimentar a su hermana.
Una de tantas noches es capturado y apaleado por un
furioso propietario, quien luego lo deja en manos de
un policía. Éste se apiada del joven y
lo deja ir, pero Seita está poseído por
un orgullo que no le deja pensar y mucho menos pedir
ayuda. Cae más y más en la degradación
y apresura el inminente final. El joven empieza a robar
en las casas del pueblo aprovechando que la gente va
a los refugios durante los bombardeos. Apenas iniciado
uno, Seita corre de casa en casa y se lleva comida y
cosas para vender; sin embargo nadie las compra pues
se dan cuenta de su dudosa procedencia. Setsuko, cada
vez más débil, es llevada por Seita donde
un médico y éste le receta únicamente
que debe comer mejor, y nada más, ni una medicina
ni un poco de comida. Seita reclama por ayuda, pero
todo está tan difícil que nadie puede
ayudar a los demás.
En un desesperado intento, Seita retira todo el dinero
que había en las cuentas bancarias de la familia,
y en el banco se entera de que Japón perdió
la guerra y toda la flota japonesa fue arrasada. El
joven no puede creerlo pero la realidad le da de lleno:
su padre no le ha escrito pues lo más probable
es que también esté muerto. Seita llega
con muchas provisiones al refugio pero ya es demasiado
tarde: su hermana delira y luego entra en un sueño
profundo del que no despertará jamás.
Seita pasa una noche de tormenta abrazado al cadáver
de su hermana. Al día siguiente, se prepara para
cremar a su hermana. No lo puede hacer en un templo,
así que elige una colina, prepara una pira funeraria
y le prende fuego al cuerpo de la pequeña a la
que no pudo proteger. Pasa todo el día al lado
de las cenizas y luego come todo lo que quedaba del
alimento que compró para su hermana. Seita muere
tratando de recordar qué día es, y su
espíritu, por fin libre tras la muerte, se reúne
con el de Setsuko en la colina donde cremó su
cuerpo. Juega con la que fuera la pequeña lata
de dulces que Seita le daba a su hermana cada vez que
lloraba de hambre. Ambos se ven fuertes y rollizos,
sin ningún rastro de todos los sufrimientos padecidos.
Ésta es una historia de las decisiones equivocadas
de la gente. A lo lejos, vemos un Japón moderno
y desarrollado, con sus altos edificios y su floreciente
sociedad, que parece haber olvidado totalmente los horrores
de la guerra y las penurias de sus protagonistas.
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