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Nos encontramos a una pequeña
villa agraria, en donde Ashitaka, un joven guerrero,
debe enfrentarse al fabuloso "tatarigami"
Nago, un monstruoso jabalí cubierto de unos fantasmales
gusanos dedidido a destruir a todo lo que se encuentre
a su paso. Tiene éxito en impedir que ataque
su aldea al acertar dos flechas en sendos puntos vitales
del monstruo, pero algunos de los apéndices del
tatarigami le rodean el brazo y lo hieren, no sin dejarle
una marca inconfundible. Antes de morir, el demonio
le advierte que nunca lo olvidará y lo maldice.
A pesar de su valor y sacrificio, el consejo del pueblo
le ordena a Ashitaka abandonar la villa y convertirse,
para dolor de todos los habitantes de ésta, en
un ronin, un guerrero sin señor (simbólicamente,
se corta una pequeña coleta, con la cual abandona
su situación de guerrero). Mientras no logre
una cura para su su extraño mal, deberá
seguir viajando, con la esperanza de encontrar a un
poderoso kami que sea capaz de retirar la maldición
de su brazo. Ashitaka monta en su fiel Yakkuro, una
cabra montañesa que le sirve de movilidad, y
parte hacia el oeste en busca de su destino.
La maldición tiene un extraño efecto en
Ashitaka: si bien lo mata lentamente, también
le otorga en ciertos momentos una fuerza sobrehumana,
lo cual comprueban dolorosamente los atacantes de una
indefensa villa agraria. Las flechas de Ashitaka cercenan
brazos y cabezas sin dificultad, gracias a la fuerza
adicional que su brazo ahora tiene.
En su viaje, se encuentra con un monje, Jiko, el cual
es atraído por la piedra de oro con que Ashitaka
pretende pagar su comida diaria. En el camino, Ashitaka
encontrará los restos de una caravana atacada
por Moro, una inugami (espíritu canino) cuya
forma es la de una enorme loba blanca de dos colas,
y ve al fantástico animal ser atendido de sus
heridas por San, una joven humana criada por Moro. La
actitud agresiva de San es notada por el joven guerrero,
quien no dudará en mostrar sus pacíficas
intenciones. Tras rescatar a los sobrevivientes de la
masacre y ser guiado a través del bosque de los
dioses demonios por los Kodama (pequeños espíritus
con apariencia de niños), Ashitaka tiene la visión
de un ser fantástico que no reconoce. Tras salir
del bosque, llega por fin a Tatara, aldea de fabricantes
de hierro y armas de fuego que están en guerra
contra los espíritus del bosque, quienes ven
con malos ojos la invasión de su ambiente. Liderando
a los Tatara se encuentra Eboshi Gozen, una mujer de
fuerte carácter que ha llevado a su clan a surgir
a fuerza de empeño. Tiene como lugarteniente
a Gonza, militar rudo pero algo torpe. La lucha es feroz
y ambas partes consideran su causa como la justa: los
humanos requieren el espacio debido a sus necesidades
de población, mientras los espíritus del
bosque han vivido en él toda una eternidad. El
plan de Eboshi es quemar el bosque sagrado y destruir
a los dioses demonios con sus armas de fuego, una especie
de rifles de ignición manual de alto poder. Por
su parte, San realiza una incursión en la aldea
de los Tatara con el fin de matar a Eboshi, pero en
el intento es detenida por Ashitaka, el cual causa asombro
entre la población con los poderes otorgados
por el Tatarigami. En busca de una salida pacífica,
Ashitaka es gravemente herido por el disparo de un rifle,
pero aún así consigue levantar la pesada
puerta del fuerte y salir con la desmayada San a cuestas.
Pero el esfuerzo del guerrero es demasiado y cae extenuado
de su montura, ante lo cual el primer impulso de San
es matarlo. Aunque San detesta a los humanos y luchará
del lado de los kami, pronto se relacionará con
Ashitaka, al punto en que no permite que los hijos de
Moro (sus hermanos) devoren al guerrero. El valor de
éste, junto con su nobleza y respeto por los
espíritus tradicionales, los harán unir
fuerzas para encontrar alguna forma de evitar la masacre.
Precisamente esa nobleza le otorga el honor de ser curado
de sus heridas por el dios Shishi, un enorme ser en
forma de un imponente venado con rostro humano con poder
sobre la vida y la muerte. Shishi es el guardián
protector del bosque, y por las noches se transforma
en un ente fabuloso llamado Deidara Botchi, un gigante
casi transparente, que lleva consigo la esencia misma
del bosque.
Tras volver en sí, Ashitaka se sorprende al ver
a San dándole de comer, pero son alcanzados por
Okkotonushi, otro poderoso dios demonio, el cual reclama
la vida del guerrero por haber tomado éste la
de Nago. Bajo la sombra protectora de Moro, San y Ashitaka
pueden exponer su caso, impregnado en el aroma del joven.
Okkotonushi ve la verdad y le cree, pero le advierte
que la próxima vez que se encuentren serán
enemigos.
Sin embargo, Okkotonushi no está de acuerdo con
la convivencia entre humanos y espíritus del
bosque, y desencadena una feroz lucha entre ambos bandos.
Eboshi, instigada por Jiko, cuyas intenciones no son
del todo claras, declara que no volverá hasta
matar al dios Shishi. Aprovechando el ataque de un clan
enemigo de los Tatara, cuando los hombres se encontraban
de cacería, el gigantesco jabalí gris
inicia la ofensiva masiva contra el clan, con San a
su lado. Ashitaka, arriesgando su vida, va en busca
de Eboshi y su ejército, antes que el cerco de
los samurais se cierre a su alrededor. Sin embargo,
Yakkuro es herido, y Ashitaka debe continuar a pie.
A la lucha cruenta le sigue el silencio de la muerte,
y esta pausa es aprovechada por Ashitaka para encontrar
a los Tatara e informarles del peligro que corre su
aldea. Pero también encuentra a uno de los hijos
de Moro entre los cuerpos de los jabalíes muertos,
y es partícipe del relato de la batalla.
Aunque los jabalíes eran cientos, sucumbieron
ante el poder de las armas de fuego, y emprenden la
retirada. Acosado por los humanos, Okkotonushi se llena
de ira y, poseído por sus malos pensamientos,
el feroz ser se transforma en un dios maldito, similar
al tatarigami que atacó la aldea de Ashitaka.
A pesar de que San desea impedirlo, Okkotonushi es totalmente
poseído y atrapa a la princesa monstruo.
Deseoso de morir junto a Shishi, Okkotonushi llega hasta
el manantial donde se encuentra el dios, y sólo
el sacrificio de Moro ayuda a Ashitaka a rescatar a
San desde los apéndices malditos que cubren al
jabalí.
Pero esto le da a Eboshi la oportunidad que necesitaba:
luego de disparar con un rifle al cuello del dios Shishi,
la cabeza de éste cae al lago, y esta temeridad
cometida por la impetuosa mujer da inicio a una destrucción
sin precedentes en el bosque. Shishi, que iniciaba su
transformación en Deidara Botchi, no puede contener
su enorme poder al faltarle la cabeza, y todo su influjo
se corrompe. El una vez benévolo espíritu
se convierte en un emisario de muerte y desolación,
mientras su cuerpo se degenera y expande por el cielo
y la tierra en forma de una masa que mata al solo contacto.
Los primeros en darse cuenta son los Kodama, que caen
de los árboles como hojas en otoño. Eboshi,
por su parte, pierde un brazo cuando la cabeza de Moro,
aún con vida, se le abalanza. El dolor es terrible,
pero la enérgica mujer no se da por vencida y
escapa.
Decididos a restablecer el orden imperante en el bosque,
San y Ashitaka rescatan la cabeza del dios maldito de
manos del monje Jiko para devolvérsela a su poseedor,
conscientes de que esa acción les costará
la vida. Pero una vez la mortal masa toca su cabeza,
Shishi recobra la razón y decide poner fin a
la matanza que le han hecho ocasionar. Pero ya es muy
tarde para él, pues su forma de Deidara Botchi
sólo podía vivir de noche, y ante los
primeros rayos solares se desploma sobre el lago cercano
a Tatara.
Como corolario, y para sellar su nueva hermandad con
los humanos, el sacrificio de Shishi cura a Ashitaka
y a San de la maldición del Tatarigami, y restituye
el equilibrio natural que él mismo había
destrozado. Una vez libre de su maldición, Ashitaka
decide quedarse en Tatara para ayudar a reconstruir
el clan y le propone a San irse con él, ante
lo cual la princesa monstruo se niega, alegando que
su lugar se encuentra en el bosque. Pero dado que estarán
establecidos en zonas aledañas, no descarta la
posibilidad de que se vean en el futuro.
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