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The Cockpit
(La Cabina)
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01. (Corriente estratosférica
de aire)
En un vuelo de rutina, el teniente Erhart von Reindas
debe saltar de su Focke-Wulf FW-190 tras verse en desventaja
contra tres Spitfires Mk. XII, pero ya en tierra se percata
de que su avión yace casi intacto, como si estuviera
persiguiéndolo. Por tal razón, es tratado
como un cobarde y él mismo siente que ha dejado
de ser parte de la Luftwaffe. De regreso en la base, le
explica a su comandante de ala los pormenores del combate
y de cómo el Focke-Wulf es un blanco fácil
contra un avión con radar. Luego de ver una de
las pruebas del cohete V2, se le encarga la misión
de escoltar a un reconstruido B-17 Flying Fortress y un
objeto especial hasta la ciudad de Peenemünde, y
para ello se le entrega el primer prototipo del Focke-Wulf
Ta 152 H-1 , con el cual deberá redimir su conducta.
Al revisar el B-17, se encuentra con su antiguo tutor,
el profesor Bafstein, quien, junto a su hija Meruhenia,
abordarán el transporte. Recordando sus vivencias,
la curiosidad de Reindas por el objeto a bordo del avión
motiva que Meruhenia le muestre la aterradora cara de
la primera bomba nuclear jamás creada: más
aterradora aún sería la realidad de probarla
en la misma ciudad de Peenemünde. Meruhenia, llena
de tristeza, le dice que quien use esa arma le entregará
su alma al demonio, y pide que los salve; Reindas sabe
que no puede hacerlo, y ante ello Meruhenia se disculpa
por hablar así. En la madrugada, ambos aviones
despegan, pero en el trayecto la misma escuadrilla que
derribó a Reindas aparece de nuevo y carga contra
el B-17. Esta vez, sin embargo, Reindas demuestra todo
el poder del Ta 152 derribando a dos marcas en un solo
segundo, pero al acercarse hacia la tercera, recuerda
las palabras de Meruhenia. En el transporte, ya listos
para aterrizar, son sorprendidos por el último
Spitfire que ataca con todo. Reindas se mantiene oculto
en el techo de nubes, esperando que todo acabe, y, antes
de que el transporte estalle, Meruhenia le da las gracias.
Reindas sale a toda velocidad y termina de destrozar al
Spitfire. Aunque sabe bien que será tratado como
un cobarde y un traidor, Reindas no se arrepiente, pues
él es el hombre que decidió no entregarle
su alma al demonio. |
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02. (Unidad Sónica
de Ataque Relámpago)
En la parte final de la Guerra del Pacífico, una
patrulla de la marina de los Estados Unidos descubre una
flota de bombarderos japoneses que lleva consigo los llamados
Ohka (Flores de Cerezo), una bomba cohete kamikaze. Aunque
la escolta japonesa destruye al observador, de la flota
norteamericana despegan los interceptores F6F Hellcat
con la misión de destruirlos, tarea que cumplen
con relativa facilidad. A bordo de uno de los bombarderos
japoneses, el alferez Nogami trata de lanzarse con el
Ohka, aunque es inmovilizado por el capitán de
su bombardero y lanzado en un paracaídas hacia
el Pacífico. De regreso en su base, hablando con
uno de los pilotos de bombardeo, se le informa que tendrá
otra oportunidad de usar al Ohka. Festejando con la tripulación
del teniente Yamaoka, la idea de que el imperio japonés
está en decadencia por la falta de experiencia
de sus fuerzas se hace obvia. Ante ellos, se presentan
los pilotos de los Rei-sen sobrevivientes, quienes prometen
a Nogami escoltarlo hacia su blanco, así tengan
que estrellarse contra el enemigo. Sabiendo que el Ohka
es una bomba manejada, Yamaoka les recuerda que, si bien
alguien muere en una guerra, es por esa razón que
los japoneses crearon esta arma, lo que todos ven como
una locura, no sólo de ellos, sino de los estadounidenses
por igual. Escuchando la solitaria y triste melodía
de un koto, bellamente tocado por una mujer, Nogami le
dice a su nueva tripulación que, si no hubiera
guerra, sería capaz de lanzar un cohete a la luna
si tan sólo viviera otros 30 años. Al mismo
tiempo, en la flota estadounidense, los pilotos de los
F6F, tras recordar a sus camaradas caídos, aprecian
con horror el descubrimiento de los Ohka por las fotos
de las cámaras de artillería. Viendo que
los Hellcat no serían capaces de alcanzarlo, su
misión será la de derribar al bombardero
antes de que lance al Ohka. A la mañana siguiente,
el 6 de agosto de 1945, la fuerza japonesa intenta otro
ataque a la flota norteamericana usando al Ohka. Sin fuerzas
suficientes, usan aviones de corto alcance Shiden para
la escolta, eso sin mencionar el pésimo estado
de los bombarderos. Luego de recordar a los tanques japoneses
estacionados en Birmania y su pésima fama, la tripulación
de Yamaoka le pregunta a Nogami en qué estaban
pensando los diseñadores del Ohka, a lo que éste
contesta que, si bien estaban tristes por su significado,
lo hicieron lo mejor que pudieron, lo que se contrasta
con la decisión de los pilotos de los Shidens que
se quedan en la escolta a pesar de ya no tener combustible
suficiente para regresar. La fuerza norteamericana no
se hace esperar y ataca con suma rapidez a la formación
japonesa para luego dispersarla. Yamaoka y su gente son
quienes están más cerca de la flota, aunque
tiene a un F6F en su cola y éste los está
despedazando de a pocos. Nogami pide que lo suelten y
escapen, pero Yamaoka se niega al no tener todavía
a la flota a su alcance. A punto de derribarlos, Lambert,
el piloto norteamericano, no ve a un Rei-sen aproximándose
a su costado suicidamente y ambos aparatos estallan en
el aire. Con la flota a su alcance, Nogami despega en
el Ohka, deja al bombardero en llamas y queda agradecido
con la tripulación. La flota norteamericana poco
puede hacer para detener al kamikaze y éste impacta
en el portaaviones principal. El capitán de la
nave, viendo la foto de la mujer del koto que traía
Nogami, tirada en la cubierta, recibe la noticia de la
caída de la bomba atómica en Hiroshima y
se da cuenta del estado de locura en el que se encuentra
la humanidad. Sin embargo, el legado del Ohka queda vivo
en la gente y plasmado en julio de 1969 cuando el hombre
llega a la Luna. |
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03. Acero Ryukihe
Una moto abandonada en los campos de Zelabanka es muda
testigo de una historia entre dos soldados del ejercito
japonés. Tras sufrir un ataque de la artillería
estadounidense, el 28vo regimiento es reducido a cenizas.
El soldado de primera clase Kodai ve cómo un solitario
soldado y su moto son lo único que queda del enfrentamiento.
Este soldado, apenas un adolescente, trata de ubicar el
cuartel del regimiento para pedir refuerzos para la base
aérea de Karakechiru, aunque los restos del combate
son prueba evidente de que ya no existe. Ahogando sus
penas en sake, se queda dormido, mientras Kodai y su compañero
ven qué hacer con el chico. Al despertar, Kodai
le ofrece un plato de comida y la oportunidad de regresar
a su base usando su moto reparada. Identificándose
como el soldado de primera Utsunomia, los dos soldados
inician su camino hacia el campo aéreo. En su camino,
se cruzan con un avión japonés clase Shiden,
aunque Kodai reconoce que es un enemigo. Tras evitar los
primeros tiros del aparato, éste cae cuando se
aprestaban a contraatacar. Kodai explica que el piloto
no debió estar acostumbrado a un avión japonés,
mientras Utsunomia se resiente víctima de un disparo.
Al alba, y cerca al campo Karakechiru, Utsunomia le dice
a Kodai que llegó a la isla con esa moto, la cual
ya es parte de él y cuando muera la moto morirá
con él. Aproximándose a la base, Kodai ve
cómo aviones norteamericanos descienden en dirección
a Karakechiru y, negándose a dejar solo al chico,
le propone acampar para seguir por la noche y así
evitar a los guardias. Llegada la noche, la aparición
de un guardia motorizado alerta a los japoneses. Kodai,
recordando sus épocas en que fue piloto de carreras,
lo enfrenta con la ayuda de Utsunomia, y éste responde
al fuego enemigo con la ametralladora del sidecar. Al
conocer la habilidad de su compañero, Utsunomia
ahora sabe que fue Kodai quien reconstruyó su motocicleta.
Con una maniobra suicida, Kodai nulifica al guardia pero
sin matarlo, ya que para él es una pena matar a
un piloto profesional. Llegando hasta la misma línea
enemiga, Kodai echa de la moto a Utsunomia y, diciéndole
que ya sabía que la base estaba en poder enemigo,
se apresta a llegar por sí mismo a ella y así
poder sacarse la espina de nunca haber vencido en una
carrera. Utsunomia, afectado gravemente por la bala en
su cuerpo, no puede hacer nada y sólo se deja morir.
Kodai puede ver la base, pero es lo último que
ve, porque es muerto por el fuego enemigo. Aunque en sus
últimos momentos se lamenta por no haber podido
llegar, está satisfecho de haber luchado hasta
el final. Atrás, el guardia norteamericano sabe
que, de haber sido una carrera, él habría
ganado, ya que en tal no hay balas que le impidan a uno
no llegar a la línea de meta. Una vez más,
la motocicleta, oxidada por los años, es muda testigo
de lo sucedido, en una historia en la que un hombre que
no debía morir lo hizo. |
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