Aprovecha la preventa de Sugoi 29

The Cockpit
(La Cabina)

01. (Corriente estratosférica de aire)
En un vuelo de rutina, el teniente Erhart von Reindas debe saltar de su Focke-Wulf FW-190 tras verse en desventaja contra tres Spitfires Mk. XII, pero ya en tierra se percata de que su avión yace casi intacto, como si estuviera persiguiéndolo. Por tal razón, es tratado como un cobarde y él mismo siente que ha dejado de ser parte de la Luftwaffe. De regreso en la base, le explica a su comandante de ala los pormenores del combate y de cómo el Focke-Wulf es un blanco fácil contra un avión con radar. Luego de ver una de las pruebas del cohete V2, se le encarga la misión de escoltar a un reconstruido B-17 Flying Fortress y un objeto especial hasta la ciudad de Peenemünde, y para ello se le entrega el primer prototipo del Focke-Wulf Ta 152 H-1 , con el cual deberá redimir su conducta. Al revisar el B-17, se encuentra con su antiguo tutor, el profesor Bafstein, quien, junto a su hija Meruhenia, abordarán el transporte. Recordando sus vivencias, la curiosidad de Reindas por el objeto a bordo del avión motiva que Meruhenia le muestre la aterradora cara de la primera bomba nuclear jamás creada: más aterradora aún sería la realidad de probarla en la misma ciudad de Peenemünde. Meruhenia, llena de tristeza, le dice que quien use esa arma le entregará su alma al demonio, y pide que los salve; Reindas sabe que no puede hacerlo, y ante ello Meruhenia se disculpa por hablar así. En la madrugada, ambos aviones despegan, pero en el trayecto la misma escuadrilla que derribó a Reindas aparece de nuevo y carga contra el B-17. Esta vez, sin embargo, Reindas demuestra todo el poder del Ta 152 derribando a dos marcas en un solo segundo, pero al acercarse hacia la tercera, recuerda las palabras de Meruhenia. En el transporte, ya listos para aterrizar, son sorprendidos por el último Spitfire que ataca con todo. Reindas se mantiene oculto en el techo de nubes, esperando que todo acabe, y, antes de que el transporte estalle, Meruhenia le da las gracias. Reindas sale a toda velocidad y termina de destrozar al Spitfire. Aunque sabe bien que será tratado como un cobarde y un traidor, Reindas no se arrepiente, pues él es el hombre que decidió no entregarle su alma al demonio.
02. (Unidad Sónica de Ataque Relámpago)
En la parte final de la Guerra del Pacífico, una patrulla de la marina de los Estados Unidos descubre una flota de bombarderos japoneses que lleva consigo los llamados Ohka (Flores de Cerezo), una bomba cohete kamikaze. Aunque la escolta japonesa destruye al observador, de la flota norteamericana despegan los interceptores F6F Hellcat con la misión de destruirlos, tarea que cumplen con relativa facilidad. A bordo de uno de los bombarderos japoneses, el alferez Nogami trata de lanzarse con el Ohka, aunque es inmovilizado por el capitán de su bombardero y lanzado en un paracaídas hacia el Pacífico. De regreso en su base, hablando con uno de los pilotos de bombardeo, se le informa que tendrá otra oportunidad de usar al Ohka. Festejando con la tripulación del teniente Yamaoka, la idea de que el imperio japonés está en decadencia por la falta de experiencia de sus fuerzas se hace obvia. Ante ellos, se presentan los pilotos de los Rei-sen sobrevivientes, quienes prometen a Nogami escoltarlo hacia su blanco, así tengan que estrellarse contra el enemigo. Sabiendo que el Ohka es una bomba manejada, Yamaoka les recuerda que, si bien alguien muere en una guerra, es por esa razón que los japoneses crearon esta arma, lo que todos ven como una locura, no sólo de ellos, sino de los estadounidenses por igual. Escuchando la solitaria y triste melodía de un koto, bellamente tocado por una mujer, Nogami le dice a su nueva tripulación que, si no hubiera guerra, sería capaz de lanzar un cohete a la luna si tan sólo viviera otros 30 años. Al mismo tiempo, en la flota estadounidense, los pilotos de los F6F, tras recordar a sus camaradas caídos, aprecian con horror el descubrimiento de los Ohka por las fotos de las cámaras de artillería. Viendo que los Hellcat no serían capaces de alcanzarlo, su misión será la de derribar al bombardero antes de que lance al Ohka. A la mañana siguiente, el 6 de agosto de 1945, la fuerza japonesa intenta otro ataque a la flota norteamericana usando al Ohka. Sin fuerzas suficientes, usan aviones de corto alcance Shiden para la escolta, eso sin mencionar el pésimo estado de los bombarderos. Luego de recordar a los tanques japoneses estacionados en Birmania y su pésima fama, la tripulación de Yamaoka le pregunta a Nogami en qué estaban pensando los diseñadores del Ohka, a lo que éste contesta que, si bien estaban tristes por su significado, lo hicieron lo mejor que pudieron, lo que se contrasta con la decisión de los pilotos de los Shidens que se quedan en la escolta a pesar de ya no tener combustible suficiente para regresar. La fuerza norteamericana no se hace esperar y ataca con suma rapidez a la formación japonesa para luego dispersarla. Yamaoka y su gente son quienes están más cerca de la flota, aunque tiene a un F6F en su cola y éste los está despedazando de a pocos. Nogami pide que lo suelten y escapen, pero Yamaoka se niega al no tener todavía a la flota a su alcance. A punto de derribarlos, Lambert, el piloto norteamericano, no ve a un Rei-sen aproximándose a su costado suicidamente y ambos aparatos estallan en el aire. Con la flota a su alcance, Nogami despega en el Ohka, deja al bombardero en llamas y queda agradecido con la tripulación. La flota norteamericana poco puede hacer para detener al kamikaze y éste impacta en el portaaviones principal. El capitán de la nave, viendo la foto de la mujer del koto que traía Nogami, tirada en la cubierta, recibe la noticia de la caída de la bomba atómica en Hiroshima y se da cuenta del estado de locura en el que se encuentra la humanidad. Sin embargo, el legado del Ohka queda vivo en la gente y plasmado en julio de 1969 cuando el hombre llega a la Luna.
03. Acero Ryukihe
Una moto abandonada en los campos de Zelabanka es muda testigo de una historia entre dos soldados del ejercito japonés. Tras sufrir un ataque de la artillería estadounidense, el 28vo regimiento es reducido a cenizas. El soldado de primera clase Kodai ve cómo un solitario soldado y su moto son lo único que queda del enfrentamiento. Este soldado, apenas un adolescente, trata de ubicar el cuartel del regimiento para pedir refuerzos para la base aérea de Karakechiru, aunque los restos del combate son prueba evidente de que ya no existe. Ahogando sus penas en sake, se queda dormido, mientras Kodai y su compañero ven qué hacer con el chico. Al despertar, Kodai le ofrece un plato de comida y la oportunidad de regresar a su base usando su moto reparada. Identificándose como el soldado de primera Utsunomia, los dos soldados inician su camino hacia el campo aéreo. En su camino, se cruzan con un avión japonés clase Shiden, aunque Kodai reconoce que es un enemigo. Tras evitar los primeros tiros del aparato, éste cae cuando se aprestaban a contraatacar. Kodai explica que el piloto no debió estar acostumbrado a un avión japonés, mientras Utsunomia se resiente víctima de un disparo. Al alba, y cerca al campo Karakechiru, Utsunomia le dice a Kodai que llegó a la isla con esa moto, la cual ya es parte de él y cuando muera la moto morirá con él. Aproximándose a la base, Kodai ve cómo aviones norteamericanos descienden en dirección a Karakechiru y, negándose a dejar solo al chico, le propone acampar para seguir por la noche y así evitar a los guardias. Llegada la noche, la aparición de un guardia motorizado alerta a los japoneses. Kodai, recordando sus épocas en que fue piloto de carreras, lo enfrenta con la ayuda de Utsunomia, y éste responde al fuego enemigo con la ametralladora del sidecar. Al conocer la habilidad de su compañero, Utsunomia ahora sabe que fue Kodai quien reconstruyó su motocicleta. Con una maniobra suicida, Kodai nulifica al guardia pero sin matarlo, ya que para él es una pena matar a un piloto profesional. Llegando hasta la misma línea enemiga, Kodai echa de la moto a Utsunomia y, diciéndole que ya sabía que la base estaba en poder enemigo, se apresta a llegar por sí mismo a ella y así poder sacarse la espina de nunca haber vencido en una carrera. Utsunomia, afectado gravemente por la bala en su cuerpo, no puede hacer nada y sólo se deja morir. Kodai puede ver la base, pero es lo último que ve, porque es muerto por el fuego enemigo. Aunque en sus últimos momentos se lamenta por no haber podido llegar, está satisfecho de haber luchado hasta el final. Atrás, el guardia norteamericano sabe que, de haber sido una carrera, él habría ganado, ya que en tal no hay balas que le impidan a uno no llegar a la línea de meta. Una vez más, la motocicleta, oxidada por los años, es muda testigo de lo sucedido, en una historia en la que un hombre que no debía morir lo hizo.
   
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